Resumen
Este estudio examina el papel de la interculturalidad en la implementación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y analiza los desafíos asociados a la integración de las dimensiones culturales en las políticas y prácticas de desarrollo sostenible. Mediante un diseño de investigación cualitativo basado en el análisis de contenido, la revisión documental y entrevistas semiestructuradas a expertos y profesionales vinculados con iniciativas de sostenibilidad, se explora la relación entre cultura, identidad, gobernanza y desarrollo sostenible. Los resultados evidencian que los proyectos que incorporan enfoques interculturales alcanzan mayores niveles de participación comunitaria, cohesión social, aceptación local y efectividad en el cumplimiento de los objetivos de sostenibilidad. Al mismo tiempo, persisten barreras significativas, entre ellas la limitada disponibilidad de recursos, la insuficiente sensibilización cultural y el predominio de marcos de desarrollo que no reflejan adecuadamente las realidades culturales locales. La investigación destaca a la cultura como una dimensión transversal que articula los pilares económico, social y ambiental de la sostenibilidad, y sostiene la necesidad de una integración más explícita en las estrategias de implementación de los ODS para promover un desarrollo equitativo, contextualizado y sostenible.
Abstract
This study examines the role of interculturality in the implementation of the Sustainable Development Goals (SDGs) and analyzes the challenges associated with integrating cultural dimensions into sustainable development policies and practices. Using a qualitative research design based on content analysis, documentary review, and semi-structured interviews with experts and professionals involved in sustainable development initiatives, the study explores the relationship between culture, identity, governance, and sustainability. The findings reveal that projects incorporating intercultural approaches achieve higher levels of community participation, social cohesion, local acceptance, and effectiveness in meeting sustainability objectives. At the same time, significant barriers persist, including limited resources, insufficient cultural awareness, and the predominance of development frameworks that inadequately reflect local cultural realities. The research highlights culture as a cross-cutting dimension that connects the economic, social, and environmental pillars of sustainability and argues for its more explicit integration within SDG implementation strategies. Strengthening cultural inclusion and governance is therefore essential to achieving equitable, context-sensitive, and sustainable development outcomes.
Palabras clave
Interculturalidad, Desarrollo Sostenible, Sostenibilidad, Desafíos Globales, Inclusión Cultural.
Keywords
Interculturality, Sustainable Development, Sustainability, Global Challenges, Cultural Inclusion.
Cómo citar: Mogrovejo-Barrera, L., & Martínez-Sojos, M. (2026). Interculturalidad y Desarrollo Sostenible: Retos en la Implementación de los ODS. DICERE Revista De Derecho Y Estudios Internacionales, 3(1), 1-13. https://doi.org/10.33324/dicere.v3i1.829
1 Introducción
El estudio de la interculturalidad ha ganado una importancia central en el marco del desarrollo sostenible, especialmente en el contexto de la implementación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la Agenda 2030. La interculturalidad, entendida como la interacción respetuosa y enriquecedora entre culturas diversas, no solo facilita el diálogo y la cohesión social, sino que también se posiciona como un componente clave en la construcción de sociedades inclusivas, equitativas y sostenibles. Tal como señala Leff (2015), la sostenibilidad no puede alcanzarse sin un reconocimiento profundo de la diversidad cultural, ya que las soluciones a los problemas globales deben ser adaptadas a los contextos locales. En este sentido, el desarrollo sostenible no es solo una cuestión de equilibrios ambientales y económicos, sino también de justicia cultural.
Este trabajo responde a una investigación que busca destacar la relevancia de la cultura en los procesos de desarrollo, particularmente en su impacto sobre la sostenibilidad. La cultura, en sus diversas manifestaciones, influye en la manera en que las sociedades perciben el mundo, gestionan sus recursos y responden a los desafíos globales. Como indican Escobar (2012) y Sahlins (1999), los modos de vida y las cosmovisiones de las comunidades locales deben ser valorados y respetados para crear políticas de desarrollo verdaderamente inclusivas. La revisión de la literatura revela una creciente necesidad de integrar la cultura como un eje transversal en la planificación y ejecución de políticas sostenibles. La Agenda 2030 enfatiza que los ODS no pueden lograrse si no se incluye a todas las personas, sin importar su origen cultural, en los procesos de toma de decisiones (Naciones Unidas, 2015).
Varios estudios han subrayado la importancia de la interculturalidad en la creación de políticas inclusivas y sostenibles. Según Kymlicka (2007), el reconocimiento de la diversidad cultural es esencial para la construcción de democracias plurales y justas. De manera similar, Sen (1999) argumenta que el desarrollo humano debe basarse en las capacidades y libertades de los individuos, lo que requiere la consideración de su trasfondo cultural. Estos autores coinciden en que ignorar la dimensión cultural en las estrategias de desarrollo sostenible conduce a enfoques reduccionistas que no logran abordar las complejidades de los contextos sociales y políticos.
En el marco de las discusiones teóricas sobre la importancia de la cultura y su papel en la sociedad, uno de los debates más destacados es la conceptualización y el alcance de la cultura misma. La diversidad de interpretaciones refleja las diferentes corrientes de pensamiento dentro de las ciencias sociales, desde enfoques más estructuralistas hasta visiones postestructuralistas, que reconocen la fluidez y complejidad del concepto de cultura. Geertz (1973), por ejemplo, propone una definición de la cultura como un sistema de significados compartidos que da forma a las acciones humanas, mientras que autores como Appadurai (1996) abogan por una visión más dinámica, que contempla el flujo transnacional de ideas y prácticas culturales en un mundo globalizado. Estas perspectivas resaltan que la cultura es un campo en constante evolución, lo que implica que sus aplicaciones prácticas, tanto en el ámbito de las políticas públicas como en la preservación del patrimonio cultural, deben estar sujetas a revisión y reinterpretación continuas.
El riesgo de trivializar el concepto de cultura mediante su sobreextensión es una preocupación destacada por autores como Taylor (2016), quien señala que la cultura, si bien es un concepto amplio y multifacético, no debe perder su capacidad analítica. En este contexto, las políticas públicas deben ser lo suficientemente flexibles para adaptarse a las particularidades culturales locales, pero también lo suficientemente precisas para no diluir el significado del término. La interculturalidad, entonces, se presenta como un marco teórico y práctico necesario para superar las barreras que impiden una verdadera inclusión cultural en el desarrollo sostenible, al proponer un enfoque que, más allá de lo económico y lo ambiental, ponga en el centro la diversidad humana.
Otros autores, como Soini y Dessein (2016) plantean que es posible alcanzar una sostenibilidad cultural por la relación existente entre cultura, economía, sociedad y ambiente. Según ellos, la cultura actúa como una fuerza mediadora que permite conceptualizar, regular y dar forma a los procesos del desarrollo por medio del valor existente de la cultura material e inmaterial, así como por medio de los criterios necesarios para la consecución de la cultura.
Jordi Pascual, representante de la Comisión de Cultura de Ciudades y Gobiernos Locales Unidos (CLGU), al ser entrevistado para la presente investigación, menciona la importancia de proponer a la cultura como una dimensión, que obligue a reconectar los tres pilares actuales de sostenibilidad para localizar el paradigma existente entre cultura y sostenibilidad (J. Pascual, comunicación personal). El mismo entrevistado destaca la importancia de centrar el desarrollo en los factores locales y otorgar mayor protagonismo a la sociedad civil.
En un nivel práctico, la cultura ha demostrado ser un eje dinamizador de proyectos de desarrollo sostenible en múltiples casos exitosos. Ejemplos de esto incluyen el programa “Creative Europe” en la Unión Europea, el proyecto "Ciudad del Batik" en Indonesia, y el proyecto "Danza Zoomorfa" en Ecuador. Estos proyectos han generado transformaciones significativas en la calidad de vida de las comunidades involucradas. El programa “Creative Europe” ha impulsado la economía creativa en la Unión Europea mediante la financiación de proyectos que fomentan la innovación cultural y el intercambio de ideas, lo que ha permitido a las comunidades locales desarrollar sus capacidades creativas, promover la cohesión social y mejorar la economía regional al atraer turismo y generar empleo. En Cirebon, Indonesia, el proyecto "Ciudad del Batik" ha revitalizado una tradición ancestral a través de la sostenibilidad y la innovación. Al modernizar las técnicas de batik y adoptar prácticas sostenibles, se ha logrado no solo preservar este arte, sino también aumentar su atractivo comercial, tanto local como internacionalmente. Esto ha fortalecido la economía local, mejorado las condiciones de vida de los artesanos y reafirmado la identidad cultural de la región. Así mismo, en el proyecto “Danza Zoomorfa”, se usa la danza como expresión cultural para generar cohesión comunitaria y la preservación de tradiciones. Proyectos de este tipo suelen revitalizar el patrimonio cultural, ofrecer una plataforma para la expresión artística y contribuir al bienestar social mediante la creación de espacios comunitarios inclusivos.
Sin embargo, la Agenda 2030 de Naciones Unidas, aunque refleja una visión compartida del desarrollo sostenible, no incorpora de manera activa la cultura como un objetivo independiente. La cultura se menciona brevemente en algunas metas, como en el ODS 4 sobre educación inclusiva y el ODS 11 sobre ciudades sostenibles, pero no se le otorga el reconocimiento que merece como una dimensión clave del desarrollo sostenible.
Alfons Martinell (2020), director honorífico de la Cátedra UNESCO: Políticas Culturales y Cooperación, sostiene que la cultura es uno de los impulsores de la integración de los ODS. Martinell aboga por una alianza cultural con la sostenibilidad para considerar la cultura como eje transversal en la implementación de ejes sostenibles.
Por otro lado, la cultura presenta diversas dimensiones que permiten comprender el desarrollo de las sociedades dentro del mundo contemporáneo. El territorio, sí bien no constituye un elemento que determine en su totalidad los presupuestos culturales de una población, sí es un factor que debe ser examinado al momento de verificar el funcionamiento de los comportamientos sociales para implementar la Agenda 2030 y sus ODS.
Calderón y Manero (2022), aciertan al mencionar que los ODS se sustentan en tres pilares fundamentales (economía, sociedad y medioambiente), los cuales no pueden interpretarse, analizarse y aplicarse sin los elementos culturales que determinen la forma en cómo debe generarse un desarrollo sostenible. Si bien, al momento de territorializar a la cultura, se vuelve difícil encajar de forma homogénea a esta, no es menos cierto que la delimitación espacial de los presupuestos culturales permitirá determinar la forma en cómo se aplican cada uno de los ODS de la Agenda 2030 en un territorio establecido.
Por lo tanto, en este sentido, la inclusión de la interculturalidad y la cultura en las políticas y estrategias de desarrollo sostenible no solo facilita la cohesión social y el respeto por la diversidad, sino que también fomenta la creatividad, la innovación y la resiliencia, y de esta manera contribuir al desarrollo holístico y efectivo de los pueblos.
2 Métodos
La presente investigación ha utilizado un enfoque cualitativo basado en análisis de contenido para explorar cómo influye y se mantiene vigente la cultura. Los participantes incluyen expertos en desarrollo sostenible y profesionales de diversas ONG. Se emplean entrevistas semiestructuradas y análisis documental como instrumentos de medida. Se incluyen fuentes bibliográficas relevantes que comprenden libros, artículos académicos, documentos históricos y ensayos críticos. A través de la revisión de la literatura, se identifican temas clave relacionados con la cultura y la sostenibilidad. Se localizan patrones y recurrencias en las narrativas sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Este proceso permite desglosar las ideas principales y analizarlas de manera sistemática. Así mismo, se profundiza en las entrevistas para entender cómo influye la cultura en los procesos de sostenibilidad.
3 Resultados
Los resultados de esta investigación revelan que la inclusión de la interculturalidad en los proyectos de desarrollo sostenible mejora significativamente la aceptación y efectividad de los mismos. A través de entrevistas realizadas a diversos actores, se destacan ejemplos de éxito en la integración cultural, así como desafíos recurrentes como la falta de recursos y el desconocimiento de prácticas culturales locales.
Las entrevistas con expertos y representantes de comunidades locales muestran que los proyectos que han incorporado elementos interculturales han tenido un mayor impacto positivo. El antropólogo Daniel Cuty critica la falta de consideración del elemento cultural en la Agenda 2030 y sus Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), al argumentar que el sesgo ideológico occidental que subyace en las políticas de las Organizaciones Internacionales, como la ONU, ha conducido a la imposición de un enfoque de desarrollo alineado con los valores y creencias occidentales. Según Cuty, este sesgo ha resultado en la exclusión de la diversidad cultural global, al priorizar un modelo de desarrollo que promueve la occidentalización, lo cual puede desnaturalizar y debilitar las culturas no occidentales. Para Cuty, la cultura es un componente esencial para la definición de la identidad humana y su exclusión de los ODS refleja una intención de simplificar los conflictos culturales a favor de una visión unificada del mundo que busca prevenir futuros conflictos bélicos entre Estados.
Además, Cuty sostiene que la cultura debería ser vista como un eje transversal que influye en las dimensiones económica, social y medioambiental del desarrollo sostenible, en lugar de ser considerada una dimensión separada. Argumenta que la cultura no debe ser normada ni regulada, sino promovida desde la dignidad y la inclusión, para que las culturas puedan florecer de manera espontánea. En este contexto, el experto destaca que el desarrollo de la cultura debe enfocarse en garantizar condiciones de vida dignas para todos los individuos, independientemente de su cultura, ya que la cultura es un tema de identidad fundamental para la humanidad.
Este análisis crítico de las implicaciones culturales en la implementación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), destaca la necesidad de integrar la interculturalidad como un eje clave para lograr un impacto positivo en las comunidades locales. La crítica de Daniel Cuty respecto a la Agenda 2030 y los ODS subraya el sesgo ideológico occidental en las políticas promovidas por organismos internacionales como la ONU, al sugerir que este enfoque de desarrollo, centrado en valores occidentales, excluye y desnaturaliza las culturas no occidentales.
Cuty enfatiza la importancia de la cultura como un componente esencial de la identidad humana, y propone que debería ocupar un lugar central en el desarrollo sostenible, no como una dimensión aislada, sino transversal, porque influye en las dimensiones económica, social y ambiental. Esta perspectiva resalta la necesidad de una mayor sensibilidad hacia la diversidad cultural en la formulación de políticas de desarrollo, lo que permitiría a las culturas no occidentales florecer en lugar de ser subordinadas a un modelo homogéneo.
Un enfoque similar lo ofrece Amartya Sen (1999), quien argumenta que el desarrollo no debe ser entendido solo desde una perspectiva económica, sino como una expansión de las capacidades y libertades de las personas, lo cual necesariamente implica reconocer y valorar las diferencias culturales. Según Sen, el verdadero desarrollo sostenible solo puede lograrse si se garantiza que todos los individuos, independientemente de su cultura, puedan disfrutar de vidas dignas y plenas. Este enfoque reconoce que las culturas no deben ser vistas como barreras al desarrollo, sino como recursos valiosos para la innovación y la sostenibilidad.
Por su parte, Jorge Eduardo Noro, enfatiza que la cultura es una dimensión fundamental que debe ser vista como un nexo entre las dimensiones económica, social y medioambiental del desarrollo sostenible. Para Noro, la cultura no es simplemente un aspecto adicional del desarrollo, sino que permea y soporta todas las otras dimensiones, y es esencial para su funcionamiento conjunto. A pesar de esto, critica la implementación actual de la cultura en la Agenda 2030, al argumentar que su presencia es pasiva y no activa, lo que refleja un sesgo en las agendas internacionales, influenciadas por una óptica occidental que no integra completamente la diversidad cultural global. Sugiere que, aunque la cultura no debería ser un ODS adicional, su inclusión explícita y operativa es crucial para garantizar un enfoque más holístico y equitativo del desarrollo sostenible.
Además, subraya la importancia de la sostenibilidad como clave para el desarrollo, aunque lamenta que, a pesar de ser ampliamente promovida, es poco practicada en la realidad. Señala que la sostenibilidad debe garantizar que las intervenciones culturales del ser humano no alteren ni vulneren el desarrollo natural. En este contexto, destaca la necesidad de priorizar la educación y la generación de una conciencia colectiva que promueva un comportamiento sostenible basado en normas y valores.
Noro plantea una visión integral de la cultura, señalándola como un nexo fundamental que conecta las dimensiones económica, social y medioambiental del desarrollo sostenible. Según el experto, la cultura no es un simple componente adicional, sino el eje que sostiene el resto de las dimensiones del desarrollo. Esta postura crítica frente a la implementación actual de la Agenda 2030 refleja su insatisfacción con la manera pasiva en que se ha tratado la cultura en los ODS, lo que, según él, responde a un sesgo occidental que no incorpora plenamente la diversidad cultural global.
Argumenta que la cultura, aunque no debería ser añadida como un ODS adicional, necesita ser tratada de manera explícita y operativa en las estrategias de desarrollo sostenible. Su enfoque resalta la importancia de una perspectiva holística, en la que la cultura sea el medio para articular los aspectos económicos, sociales y medioambientales, al favorecer una mayor equidad y eficacia en la implementación de los ODS.
Finalmente, destaca la importancia de la sostenibilidad como un principio clave para el desarrollo, pero critica su falta de aplicación real en muchos contextos. Para él, la sostenibilidad debe garantizar que las intervenciones culturales no alteren ni vulneren el equilibrio natural del entorno. En este sentido, pone especial énfasis en la educación y la creación de una conciencia colectiva que impulse un comportamiento sostenible basado en normas y valores compartidos.
Una visión similar es presentada por Arjun Appadurai (1996), quien sostiene que la cultura debe ocupar un lugar central en los debates sobre el desarrollo global, al reconocer la fluidez y el dinamismo cultural en un mundo globalizado. El mismo autor argumenta que el desarrollo sostenible no puede lograrse sin considerar el papel activo de las culturas locales, ya que estas moldean las formas en que las comunidades interactúan con su entorno y participan en los procesos económicos y sociales.
Con base en estos lineamientos, Bersosa (2021) resalta la importancia de entender la sostenibilidad como un equilibrio entre los desarrollos económico, político, social y ambiental de los países, que deben estar en armonía para mejorar la calidad de vida de las personas. En cuanto a la cultura, la define como la esencia y la identidad de los pueblos, lo que les conecta con su entorno y contexto. Bersosa (2021) critica la generalidad de los ODS, y argumenta que su aplicación es compleja, porque no siempre se adaptan a las realidades territoriales y culturales. Destaca la necesidad de territorializar los ODS, ajustándolos a las condiciones locales y al fomentar la alineación desde las bases hasta los niveles gubernamentales más altos, con una retroalimentación constante que garantice su aplicabilidad.
En cuanto a la implementación de políticas públicas, la autora subraya la falta de conexión entre las políticas nacionales y la planificación local, lo que dificulta la continuidad de los procesos y reduce la sostenibilidad de la planificación. Menciona que las universidades son actores clave en la recolección y análisis de datos locales, lo que puede mejorar la medición y ajuste de los indicadores de los ODS. También critica el centralismo en la implementación de políticas, y destaca que no se puede aplicar una única fórmula a nivel global, sino que es necesario reconocer las dinámicas locales y la diversidad. Finalmente, concluye que la cultura debería ser reconocida como un cuarto pilar del desarrollo sostenible, ya que su transversalidad, aunque importante en teoría, no se refleja en la práctica de manera visible.
Bersosa (2021) ofrece una perspectiva crítica sobre la aplicación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), al destacar la complejidad de su implementación debido a la falta de adaptación a las realidades territoriales y culturales. Su enfoque se centra en la necesidad de entender la sostenibilidad como un equilibrio entre los desarrollos económico, político, social y ambiental, para asegurar que estén en armonía y, de esta manera mejorar la calidad de vida de las personas. Para Bersosa (2021), la cultura es primordial, ya que representa la identidad y esencia de los pueblos, conectándolos con su entorno y contexto. En este sentido, critica que los ODS no toman en cuenta suficientemente las particularidades locales, lo que dificulta su aplicabilidad.
Asimismo, resalta la importancia de “territorializar” los ODS, es decir, ajustarlos a las condiciones específicas de cada comunidad, y fomentar una alineación desde las bases locales hasta los niveles gubernamentales más altos. Además, señala la falta de conexión entre las políticas nacionales y la planificación local, lo cual, según ella, socava la sostenibilidad de los procesos a largo plazo. Para mejorar esta situación, sugiere que las universidades juegan un rol clave en la recolección y análisis de datos locales, lo que permitiría un ajuste más preciso de los indicadores de los ODS a nivel territorial.
Su crítica también se dirige al centralismo en la implementación de políticas, ya que argumenta que no es posible aplicar una única fórmula a nivel global sin reconocer las dinámicas locales y la diversidad cultural. En consonancia con autores como Hawkes (2001), la autora concluye que la cultura debería ser reconocida como un cuarto pilar del desarrollo sostenible, ya que su transversalidad, aunque teóricamente importante, no se refleja de manera adecuada en la práctica.
Sin embargo, los desafíos para la integración cultural en los proyectos de desarrollo sostenible son significativos. Entre estos, se destaca la falta de recursos dedicados a la capacitación y sensibilización en temas culturales. Además, se menciona el desconocimiento de las prácticas culturales locales por parte de los implementadores de proyectos, lo que a menudo resulta en la resistencia comunitaria y una implementación ineficaz de las iniciativas.
Los análisis realizados en el estudio muestran una correlación positiva entre la inclusión cultural y el cumplimiento de los ODS en diversas regiones. En particular, se observó que los proyectos que incorporan componentes interculturales tendieron a alcanzar mejor las metas de sostenibilidad en comparación con aquellos que no lo hicieron. Por ejemplo, los proyectos en regiones que promovieron la educación inclusiva y el respeto por la diversidad cultural (ODS 4) y la protección del patrimonio cultural y natural (ODS 11) mostraron mayores niveles de éxito y aceptación comunitaria.
Las entrevistas presentadas en la investigación evidencian que la cultura actúa como un mediador crucial en la implementación de políticas sostenibles. Un caso destacado es el del municipio de Cuenca, Ecuador, en donde la implementación de proyectos de desarrollo sostenible ha sido notablemente exitosa cuando se ha integrado la cultura local en la planificación y ejecución de dichos proyectos. Este enfoque ha permitido una mayor cohesión social y el fortalecimiento de la identidad cultural local, al facilitar el logro de los objetivos sostenibles establecidos.
En este sentido, se puede inferir que la inclusión de la interculturalidad en los proyectos de desarrollo sostenible no solo mejora la efectividad de los mismos, sino que también promueve una mayor aceptación y participación comunitaria. Los resultados de esta investigación destacan la necesidad de recursos adecuados y una comprensión profunda de las prácticas culturales locales para superar los desafíos actuales. La correlación positiva entre la inclusión cultural y el cumplimiento de los ODS subraya la importancia de considerar la cultura como un pilar fundamental en las estrategias de desarrollo sostenible.
4 Discusión
La Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) han sido diseñados como un marco global para abordar los desafíos sociales, económicos y ambientales del siglo XXI, con el objetivo de mejorar la calidad de vida y garantizar un desarrollo más equitativo a nivel mundial. Sin embargo, a pesar de la importancia de la cultura en la vida de las comunidades, esta no ha sido plenamente integrada como una dimensión explícita del desarrollo sostenible dentro de la Agenda 2030. Diversos estudios han destacado la necesidad de incorporar la cultura como un componente clave para generar una verdadera sinergia entre las dimensiones del desarrollo sostenible (Hawkes, 2001; Throsby, 2017).
La cultura, entendida como la esencia y la identidad de los pueblos, no solo conecta a las personas con su entorno y contexto, sino que también moldea sus costumbres, valores y formas de vida. Ignorarla en el diseño e implementación de políticas globales, como los ODS, supone la imposición de una perspectiva occidental dominante que busca globalizar las sociedades bajo un sistema cultural unificado, lo que puede generar tensiones y resistencias locales. Según Throsby (2017), la cultura debe ser vista como un "cuarto pilar" del desarrollo sostenible, al mismo nivel que las dimensiones económica, social y ambiental, ya que su inclusión permite una comprensión más profunda de las realidades sociales y contextos diversos.
Uno de los principales desafíos en la implementación de los ODS es su falta de adaptabilidad a las realidades territoriales y culturales de los Estados. Bersosa (2021) critica este enfoque generalizado, al señalar que los ODS a menudo no se ajustan adecuadamente a las necesidades locales, lo que limita su aplicabilidad. Por ello, es crucial que los ODS se territorialicen, es decir, que se adapten a las condiciones locales y se alineen con las estructuras gubernamentales a nivel regional, para promover una retroalimentación constante que garantice su efectividad.
El problema del centralismo en la implementación de políticas es también una preocupación recurrente en países como Ecuador, donde la falta de conexión entre las políticas nacionales y la planificación local impide una correcta implementación de los ODS (Arce, 2022). A pesar de los avances en ciudades como Cuenca, donde se han logrado bajas tasas de desempleo y desarrollo industrial, estas condiciones no se replican en todo el país, lo que evidencia la necesidad de un enfoque más participativo y adaptado a las realidades locales.
Por otro lado, Orellana (2023) reflexiona sobre la dificultad de integrar la cultura en la Agenda 2030, al argumentar que la diversidad cultural, con sus múltiples formas de vida y tradiciones, choca con la noción de sostenibilidad presentada como un objetivo universal. Orellana (2023) sugiere que los ODS, al estar impregnados de un sesgo occidental, pueden entrar en conflicto con las realidades culturales locales, lo que dificulta su implementación. Además, destaca la importancia de preservar la diversidad cultural y advierte sobre los riesgos de la homogenización cultural, un fenómeno que podría desnaturalizar la rica pluralidad de tradiciones y formas de vida de las sociedades.
La naturaleza no vinculante de la Agenda 2030, en parte debido a la soberanía nacional, también es un desafío para su implementación efectiva. El autor sugiere que futuras agendas de desarrollo sostenible deben prestar más atención a la preservación de la diversidad cultural y evitar la folclorización de la cultura, es decir, su reducción a meras representaciones superficiales que no reflejan su verdadero potencial transformador. Al igual que Sen (1999) destaca la importancia de la libertad y la capacidad de las personas para definir su propio desarrollo, y aboga por políticas que respeten y valoren la diferencia cultural en lugar de imponer una uniformidad global que no capture la riqueza de la experiencia humana.
5 Conclusiones
La inclusión de la cultura como un elemento fundamental en la consecución de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) es esencial, ya que la cultura, en su dimensión de identidad cultural y gobernanza, actúa como catalizador del desarrollo sostenible (Hawkes, 2001; Throsby, 2010). La cultura no solo refleja la identidad y valores de una comunidad, sino que también influye en cómo las sociedades abordan los desafíos sociales, económicos y ambientales.
Importancia de la Identidad Cultural
La identidad cultural permite que las comunidades se reconozcan en sus valores, tradiciones y prácticas, lo cual fortalece el sentido de pertenencia y cohesión social, esencial para el desarrollo sostenible (UNESCO, 2002). Este enfoque, respaldado por estudios como el de Appadurai (2004) sobre "capacidades culturales", destaca cómo la identidad colectiva fomenta la participación comunitaria en la implementación de los ODS. En este sentido, la UNESCO ha subrayado que la diversidad cultural es "una fuerza motriz del desarrollo, no solo en términos de crecimiento económico, sino como un medio de llevar una vida intelectual, afectiva, moral y espiritual más completa" (UNESCO, 2001). Además, Sen (1999) destaca que las identidades culturales y el reconocimiento de la diversidad en las políticas de desarrollo incrementan las capacidades individuales y colectivas para abordar problemáticas globales.
Cultura y Desarrollo Sostenible
Al reconocer y respetar la diversidad cultural, las políticas de desarrollo sostenible pueden adaptarse mejor a las realidades locales (Throsby, 2010). La cultura proporciona un marco para que las comunidades entiendan y aborden temas como el cambio climático, la pobreza y la desigualdad desde perspectivas locales, al ofrecer soluciones específicas y contextualmente relevantes (Nurse, 2006). De acuerdo con Hawkes (2001), la inclusión de la cultura en el desarrollo sostenible promueve un enfoque integrado y equitativo de los ODS, lo que contribuye a la sostenibilidad social, económica y ambiental.
Importancia de la Gobernanza Cultural
La gobernanza cultural se centra en la participación activa de las comunidades en la toma de decisiones que afectan su patrimonio cultural y su futuro, un aspecto esencial para la implementación de políticas sostenibles y respetuosas (UNESCO, 2002; Bebbington, 1999). Este enfoque permite que las comunidades sean agentes de cambio, al promover el empoderamiento y la capacidad de influir en su propio desarrollo. La gobernanza cultural, según Bourdieu (1977), contribuye a fortalecer las capacidades locales al permitir la participación activa en decisiones fundamentales, lo que a su vez asegura que los programas de desarrollo respeten y promuevan la identidad cultural de las comunidades.
Políticas Culturales Inclusivas
La gobernanza cultural promueve la creación de políticas que no solo protejan el patrimonio cultural, sino que también lo integren en los procesos de desarrollo (Throsby, 2010; UNESCO, 2001). Estas políticas garantizan que el desarrollo económico no se realice a expensas de la destrucción cultural, sino que avance de manera inclusiva y equitativa. La teoría de Sen (1999) sobre las "capacidades" refuerza esta idea, al indicar que las políticas inclusivas que consideran la identidad cultural incrementan las oportunidades de las personas para vivir una vida que valoren, para promover una sostenibilidad verdaderamente inclusiva.
Integrar la cultura en los ODS no es solo una cuestión de justicia y respeto por la diversidad, sino una estrategia fundamental para asegurar la sostenibilidad a largo plazo. La identidad cultural fortalece la cohesión social, mientras que la gobernanza cultural garantiza que las comunidades sean participantes activos en su desarrollo (Nurse, 2006; Bebbington, 1999). Los autores mencionados coinciden en la necesidad de un enfoque holístico y multidimensional que combine la cultura con los objetivos de desarrollo sostenible, al destacar cómo la cultura puede ser un motor clave para un desarrollo sostenible verdaderamente inclusivo.
Contribución de autoría
Leonardo Mogrovejo-Barrera: Conceptualización, Análisis formal, Investigación, Recursos, Visualización, Escritura – borrador original, Escritura – revisión y edición.
Mónica Martínez-Sojos: Conceptualización, Análisis formal, Investigación, Metodología, Recursos, Validación, Visualización, Supervisión, Administración de proyectos, Escritura – revisión y edición.
Conflicto de intereses
Los autores declaran que no existen conflictos de intereses.
Referencias
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