El Futuro Incierto de los Jóvenes Indígenas Ecuatorianos

The Uncertain Future of Ecuadorian Indigenous Youth




DOI: https://doi.org/10.33324/dicere.v3i1.1082




Luis Alberto Tuaza, https://orcid.org/0000-0002-9533-5107 ltuaza@unach.edu.ec

Universidad Nacional de Chimborazo, Riobamba, Ecuador.

Matt MacBurny, https://orcid.org/0000-0003-0006-7574 willismcburney@gmail.com

Huron College, Western University, Canada.

Craig Jonhson, https://orcid.org/0000-0002-3257-7280 cjohns06@uoguelph.ca

University of Guelph, Guelph, Canadá.




Recibido: 06-03-2026 Revisado: 09-05-2026 Aceptado: 19-05-2026 Publicado: 30-05-2026




Resumen


En este artículo se analiza la migración de los jóvenes indígenas fuera de sus territorios, los desafíos que enfrentan sus comunidades y la transición laboral desde la actividad agropecuaria hacia nuevas profesiones. Al partir del acercamiento etnográfico realizado en las comunidades indígenas de Chimborazo, Cotopaxi y Tungurahua, provincias de los Andes centrales del Ecuador, el estudio concluye que la migración interna y externa puede mejorar las condiciones de vida y fomentar el desplazamiento de más jóvenes, el panorama actual es incierto. Factores como las deportaciones, las amenazas de la delincuencia y del crimen organizado han provocado que, para algunos jóvenes, la comunidad de origen vuelva a representar un espacio de cierta seguridad.

Abstract


This article analyzes the migration of Indigenous youth from their territories, the challenges their communities face, and the labor transition from agriculture to new professions. Based on ethnographic research conducted in Indigenous communities in the provinces of Chimborazo, Cotopaxi, and Tungurahua in the central Andes of Ecuador, the study concludes that while internal and external migration can improve living conditions and encourage more young people to migrate, the current outlook is uncertain. Factors such as deportations and the threats of crime and organized crime have led some young people to return to their communities of origin as a place of relative safety.


Palabras clave


Jóvenes, indígenas, comunidades y migración.


Keywords


Youth, Indigenous people, communities, migration





Cómo citar: Tuaza, L. A., MacBurny, M., & Jonhson, C. (2026). El Futuro Incierto de los Jóvenes Indígenas Ecuatorianos.

DICERE Revista De Derecho Y Estudios Internacionales, 3(1), 75-85. https://doi.org/10.33324/dicere.v3i1.1092




1 Introducción


Según el informe de la Organización Internacional para las Migraciones de las Naciones Unidas (OIM), Ecuador es el segundo país de América Latina con mayor número de migrantes. Entre enero y julio de 2024, alrededor de 99.753 ecuatorianos (OIM, 2024) abandonaron el país. De este número, la mayor parte corresponde a jóvenes indígenas de entre de 17 a 37 años.

En 2023, más de cincuenta mil miembros de pueblos y nacionalidades indígenas emprendieron la larga y riesgosa travesía por la selva de Darién (Panamá) hacia los Estados Unidos (Piñas & Caranqui, 2024), una decisión que puso en riesgo sus propias vidas (Calva-Sánchez, 2024). Luego de los diálogos mantenidos con los jóvenes que aún permanecen en sus comunidades, pocos conservan la esperanza de quedarse; por el contrario, la mayoría piensan abandonar sus comunidades y el país en cualquier momento. ¿Por qué los jóvenes indígenas prefieren dejar sus comunidades y el país? ¿Qué está pasando con la agricultura y la ganadería? ¿Qué sucede con las instituciones educativas de las comunidades? ¿Qué estrategias se generan para afrontar la migración? Son las preguntas a las que se pretende responder a lo largo del análisis, a partir del trabajo etnográfico realizado en las comunidades indígenas de Chimborazo, Cotopaxi y Tungurahua, provincias de los Andes centrales del Ecuador.

La mayor parte de los entrevistados que compartieron sus experiencias referentes a la migración son jóvenes entre 17 a 25 años. Este grupo incluye a quienes tienen familiares fuera del país y que han tomado la decisión de permanecer, por ahora, en sus comunidades, así como a otros jóvenes que ya están en Quito, Guayaquil, Machala y en el extranjero. La reflexión consta de tres partes: en primer lugar, se señalan los aspectos que motivan a los jóvenes a optar por la migración; en segundo lugar, se analizan los problemas que afectan a las comunidades, especialmente en relación con la agricultura, la ganadería y la educación; finalmente, se abordan las estrategias que desde el gobierno nacional y los organismos de cooperación al desarrollo han generado con el propósito de mitigar el crecimiento migratorio.

En esta reflexión se utiliza el método etnográfico, porque a través de la etnografía se puede describir, analizar y comprender “las relaciones entre prácticas y significados para unas personas sobre ciertos asuntos de su vida social en particular” (Restrepo, 2018, pág. 25); además, “lugares y trayectorias, de las relaciones sociales en las que se encuentran inscritos y de las tensiones que encarnan” (Restrepo, 2018, pág. 18). Motivados por estas ideas, durante el año 2023, recorrimos las comunidades indígenas, en las que se mantuvo conversaciones, especialmente con los jóvenes sobre qué piensan ellos con respeto a la migración, sus causas y ver las tensiones que el fenómeno migratorio produce.



2 Aspectos que motivan a la migración


La literatura académica que aborda las causas de la migración indígena considera que la falta de oportunidades laborales en el campo (Vásquez Arreaga, 2014), la descomunalización de la comunidad indígena (Sánchez-Parga, 2013), la pobreza y la violencia (Mondragón, 2023), el cierre de las escuelas en el medio rural (Tuaza-Castro, 2016) motivan a los jóvenes indígenas a migrar. Los lugares de destino son ciudades como Quito, Guayaquil, Machala, Santo Domingo, Machachi, Puyo, Sucumbíos; y al exterior, principalmente a los Estados Unidos y España. Por otra parte, los jóvenes consideran que la vida es mejor fuera de sus comunidades y del país. Según afirman en las ciudades tendrían trabajo, acceso a las instituciones educativas que permitan educar mejor a sus hijos, tener atención sanitaria, seguridad alimentaria, contacto con otras culturas y hablar nuevas lenguas. Igualmente, señalan que quienes han ido a España y a los Estados Unidos han logrado mejorar rápidamente la calidad de vida, han podido enviar dinero a sus familiares para que compren tierras, construyan casas y eduquen a los hijos en las escuelas y colegios de Riobamba, Ambato y Latacunga y en las ciudades anteriormente mencionadas.

La idea de una “vida mejor fuera de sus comunidades” que manifiestan los jóvenes, si bien es cierto está relacionada con la falta de oportunidades laborales en el campo, la pobreza y, el cierre de las escuelas; no obstante, procede en parte de la idiosincrasia tradicional de la sociedad ecuatoriana que considera a los indígenas, sus estructuras organizativas y sus prácticas existenciales de “arcaicos e insignificantes” (Bonifaz, 1988). Por otro lado, el sistema educativo pregona las bondades de la vida moderna que solo serían posibles en los contextos urbanos y en el extranjero.

En efecto, una profesora de primaria en las montañas de Guangaje, Cotopaxi, al motivar a los niños a estudiar, señala: “estudien niños para que no se queden a sufrir aquí. Ustedes tienen que ir a la ciudad, tener buena vida, educarse mejor y acceder a la ciencia y a la tecnología” (L. A. Tuaza Castro, comunicación personal, 14 de diciembre de 2025). En la mentalidad de la mencionada docente, el ambiente campesino sería el lugar de suplicio. Así, las personas que se quedan en la comunidad estarían condenadas al sufrimiento. La ciudad sería el único espacio que garantiza el buen vivir, estudiar y gozar de las bondades de la ciencia y de la tecnología.

Sin duda, en los parajes andinos a 3.700 metros sobre el nivel del mar caracterizados por temperaturas extremas, escasa producción agropecuaria, las condiciones habitacionales pésimas, y un limitado acceso a servicios básicos como internet, la afirmación de la maestra parece ser comprensible. No obstante, su postura refleja el menosprecio a la vida del campo y a la comunidad, lo que le impide tanto a ella como a los niños reconocer la riqueza existencial que brinda la comunidad y la capacidad de agencialidad de los pueblos indígenas frente a la adversidad. Además, la educación que los niños reciben los prepara para una vida urbana basada en “la información ficticia” (Harari, 2024) de creer que fuera estarían mejor.

La idea de cierta movilidad social a través de la migración a España y a Estados Unidos -que permitiría una mejora acelerada en la calidad de vida de los jóvenes indígenas-, despierta el interés por abandonar las comunidades. Esta expectativa se alimenta del éxito visible de quienes enviar dinero a sus familiares para que compren tierras, construyan casas y eduquen a los hijos en las escuelas y colegios de las ciudades. “Hace cinco años, mi prima viajó a los Estados Unidos. Con las remesas enviadas por ella, los familiares compraron un lote y construyeron una casa en Guayaquil. Asimismo, ella tiene una casa en Guamote y ayuda a sus padres. Yo también estoy por viajar pronto” (Carguachi, comunicación personal, 20 de diciembre de 2024), señala un joven de Santa Teresita, Guamote. En el mismo sentido, un entrevistado de Macac Grande manifiesta “Mi vecino se fue a Chicago. El año pasado llevó a su mujer. Tiene una casa en Latacunga y sus hijos están en el colegio de la ciudad” (Tipan, comunicación personal, 22 de diciembre de 2024). Otra versión de una persona de que tiene un familiar en el exterior: “Mi hija acaba de comprar una hacienda en Mocha. Está en Filadelfia desde el 2015, tiene una casa en Ambato” (Chambi, comunicación personal, 14 de diciembre de 2024).

Estas versiones estimulan el desplazamiento masivo, pese a que no todos los migrantes corren con la misma suerte a más jóvenes a abandonar sus comunidades de origen. Aunque no todos los migrantes corren con la misma suerte, muchos consideran que atraviesan situaciones difíciles, tal como demuestra el siguiente testimonio: “Vine con la esperanza de mejorar mi vida y la de mi familia. Estoy por aquí dos años, no puedo pagar la deuda, solo trabajo por horas. Hay días que paso esperando que alguien me contrate” (Daquilema, comunicación personal, 22 de diciembre de 2024). Igualmente, algunos migrantes han tenido que regresar a sus comunidades, tal como se evidencia en esta versión: “Yo estuve por seis meses por Misuri, enfrenté a trabajos duros. Llegar allí me costó tanto sacrificio. Tuve que pagar a los coyotes 30.000 dólares, enfrenté a las mafias, finalmente fui deportado” (Churu, comunicación personal, 23 de diciembre de 2024). Sin embargo, la problemática descrita, no detiene la creciente ola migratoria, porque muchos jóvenes ven en la emigración una alternativa para mejorar sus condiciones de vida y alcanzar sus aspiraciones de bienestar.



3 Problemas que atraviesan las comunidades indígenas


Según la versión de los jóvenes indígenas, la causa fundamental de la migración sería la falta de oportunidades laborales en sus comunidades. Con esta idea expresan la decadencia de la agricultura y la ganadería, porque generalmente se asocia a los indígenas con la actividad agropecuaria.

En efecto, durante la Colonia, la República, y hasta la década de los ochenta del siglo pasado, los indígenas trabajaban en las haciendas de la sierra en calidad de agricultores y ganaderos, sometidos a los maltratos de los hacendados y mayordomos mestizos (Bretón, 2022). Posterior a las reformas agrarias de 1964 y 1973, cuando parte de la población migró hacia el Litoral y la Amazonía, continuaron trabajando en la agricultura, principalmente en las plantaciones de caña de azúcar (Lentz, 1986) palma africana y banano. En las propias comunidades, el cultivo de papas, cebada, cebolla y ajo forjaban ganancias económicas y estimulaba a los indígenas a dedicarse por entero a la producción agrícola. Sin embargo, con el transcurso del tiempo, la apertura al mercado de la Comunidad Andina y la instauración de la dolarización, que posibilitó el ingreso de productos agrícolas del Perú y de Colombia, afectó a la producción agropecuaria local. Ante la imposibilidad de recuperar incluso los costos de inversión (Korovkin, 2002), se generó un desinterés generalizado por el trabajo en el campo, lo que obligó a buscar nuevos trabajos fuera de las fronteras comunales.

Si hasta la década de los 90 del siglo pasado, las tierras comunales producían cebada, cebollas y papas, actualmente ya no se cultivan. Las laderas y los valles están cubiertos de pasto que sirve a la pequeña ganadería dedicada a la producción de leche. Además de los escasos ingresos económicos que genera la agricultura, tal como se señaló anteriormente, la decadencia de la actividad agropecuaria es fruto del deterioro de los suelos. Este fenómeno se debe al avance de la frontera agrícola y el cambio climático. En el año 2000, la producción agropecuaria alcanzaba los 3600 metros sobre el nivel del mar. En el 2024, la agricultura y la ganadería demanda de tierras vírgenes situadas a los 3900 m.s.n.m. Conforme sube la frontera agrícola, la acción de viento y las lluvias, elimina la capa fértil, los humedales y los pajonales. Estos ecosistemas son vitales pues retienen el agua y mantienen vivas las vertientes que más abajo proveen de agua a las comunidades, a los centros parroquiales, cantonales y a las ciudades (Tuaza-Castro et al., 2021).

La desaparición de las tierras fértiles y las vertientes de agua, los cambios de temperaturas en el ambiente obligan a las poblaciones indígenas a abandonar sus comunidades. “La tierra es estéril, hay calor, frío y lluvia en el mismo día que afectan a los cultivos. No sabemos que sembrar, porque no se distingue el cambio del tiempo” (Lata, comunicación personal, 12 de noviembre de 2024), señala uno de los entrevistados. “Yo vine a Quito, porque en mi comunidad la tierra no vale nada, no produce como antes. No tenemos pajonal, ni agua” (Tenesaca, comunicación personal, 12 de noviembre de 2025). En efecto, sin la fertilidad de los suelos, los cambios de temperatura rotundos en el ambiente y la escasa producción agropecuaria no es posible seguir viviendo en el campo y a corto plazo no se puede detener el éxodo de los jóvenes indígenas a las ciudades y al extranjero. “Si me quedo en la comunidad, ¿Qué puedo hacer? He asistido a los cursos de capacitación en liderazgo, mejoramiento de la producción agropecuaria. He puesto invernadero, criadero de cuyes, colmena de abejas. He hecho de todo. Nada me resulta” (Acán, comunicación personal, 20 de octubre de 2024), manifiesta el dirigente de la comunidad Guantug, Quizapincha, Ambato.

Junto con el fracaso de la producción agropecuaria y de las iniciativas de desarrollo rural, está el cierre de las escuelas en el medio rural, provocadas por la baja tasa de natalidad y la unificación de las escuelas. En la comunidad San José de Mayorazgo, Guamote, “vivíamos 70 familias, con 250 habitantes. Cada familia tenía cinco niños”, hoy apenas quedan 20 personas, mayores a 60 años. Se cerró la escuela por falta de estudiantes, nuestros hijos no tenían donde estudiar por eso venimos a la ciudad” (Tenesaca, comunicación personal, 20 de mayo de 2025), manifiesta un joven padre familia. En efecto, en varias comunidades se han cerrado las escuelas, por falta de niños y en algunos casos por la creación de las escuelas del milenio que implicó la unificación de varios establecimientos educativos del sector en uno solo durante el gobierno de Rafael Correa (Tuaza-Castro, 2016). En la Unidad Educativa Comunitaria Intercultural Bilingüe “Batalla de Tiocajas”, situada en las alturas de Guamote se registró una matrícula de 160 estudiantes. Sin embargo, al reanudar las clases tras el confinamiento por la pandemia del COVID - 19, “el número de alumnos disminuyó a 100, y para el año lectivo 2023 decreció aún más, hasta llegar a 60 estudiantes. Actualmente, la institución cuenta únicamente con 50 estudiantes, de los cuales solo 2 cursan el tercer año de bachillerato” (Verdezoto, comunicación personal, 14 de marzo de 2024).

El número reducido de niños en las comunidades a simple vista parece ser consecuencia de la migración de los jóvenes hacia las ciudades, pero igualmente, tienen que ver con el éxito de las campañas de control de natalidad impartidos por el Ministerio de Salud Pública en colaboración con el Centro Médico de Orientación y Planificación Familiar (CEMOPLAF). Esta institución desde 1974, “ofrece servicios y productos de salud, con énfasis en salud sexual y reproductiva para las personas de medianos y escasos recursos económicos y así contribuir a mejorar la calidad de vida de la población” (CEMOPLAF, 2025). Hoy en día las familias indígenas poseen dos a tres hijos en unos casos y en otros uno. El uso de los anticonceptivos, el control de natalidad y la preocupación por la salud sexual y reproductiva forman parte de la vida cotidiana de los cónyuges indígenas.

Otro de los aspectos que les preocupa a los jóvenes indígenas es el acceso a las universidades. Los estudiantes graduados en las unidades educativas de las comunidades indígenas no logran alcanzar los cupos que permitan cursar los estudios universitarios. Al igual que los jóvenes de la ciudad, anhelan estudiar medicina, arquitectura, enfermería y derecho, carreras de mayor demanda en el país (SENECYT, 2022). No obstante, los puntajes de 980 sobre 1000 que se exigen para dichas carreras no obtienen el cupo. Las calificaciones permiten en muchos casos, adquirir matrículas en las carreras de educación y de turismo escasamente preferidas por los estudiantes. Esta situación estimula a la migración. Viviana Soria (Comunicación personal, 20 de octubre de 2026), de la comunidad de Pelpetec, señala, “soy la única que se quedó aquí; de todos los que nos graduamos, toditos se fueron a otro país, algunos por no haber obtenido un cupo universitario”. Esta situación también se evidencia en la comunidad de Huangras, donde la migración juvenil refleja una tendencia creciente, “alrededor del 70% de jóvenes han migrado, ante la falta de oportunidades educativas” (Guamán, 13 de diciembre de 2024). Los jóvenes creen que educarse en una unidad educativa de la ciudad garantiza un buen examen y el puntaje suficiente que permita acceder a cupos universitarios en las carreras de mayor demanda.

Sin niños y jóvenes, las comunidades indígenas se han convertido en residencia de pocos adultos mayores que se resisten a dejar sus localidades y que se mantienen de la escasa producción agropecuaria. El funcionamiento de la organización comunal y el acceso a las políticas públicas de las instituciones gubernamentales en algunos casos son gestionados por jóvenes que residen en las ciudades, tal como señala uno de sus dirigentes, “nosotros vivimos en Riobamba, pero somos miembros del cabildo comunitario, gestionamos las obras. Para tener derecho a los recursos de la alcaldía, seguimos votando aquí. Aunque mantenemos vínculos con la comunidad, no vamos a volver a vivir aquí” (Buñay, comunicación personal, 20 de mayo de 2025).

Por otra parte, permanecer en las comunidades de origen, a decir de los jóvenes, no permitiría establecer vínculos con otras culturas. Uno de los ellos, señala: “El mundo ha cambiado. Si nos quedamos en nuestras comunidades no podemos tener relaciones con otras culturas y hablar otra lengua. Necesitamos convivir con otras personas de fuera. Vivir la interculturalidad tal como dice la Constitución del Ecuador” (Guamán, comunicación personal, 14 de mayo de 2024). En efecto, la migración permite la conexión con otras personas, y al mismo tiempo enriquece la cultura indígena. “Yo no sabía del valor que tenía nuestra vida indígena. Cuando salí del país y al encontrarme con gente de otros países me di cuenta de la importancia de hablar el kichwa y de reconocerme como indígena” (Chirao, comunicación personal, 15 de agosto de 2025), expresa una joven indígena de Colta, residente en New Jersey. Evidentemente, por el contacto migratorio, algunos jóvenes indígenas hablan mejor el español, aprenden el inglés, fomentan las prácticas organizativas en los espacios migratorios, establecen amistades con jóvenes mestizos y afrodescendientes, interactúan fácilmente con las personas que viven en la ciudad, enseñan la lengua kichwa, despiertan el interés por la música, la espiritualidad, la artesanía, la cultura indígena y los saberes ancestrales.



4 Estrategias de mitigación del crecimiento migratorio


De los diálogos mantenidos con los jóvenes se puede deducir que a corto plazo no existen alternativas en las comunidades indígenas que detengan el avance del fenómeno migratorio. No hay fuentes de trabajo distintas a la actividad agropecuaria. Pese a ello, el Ministerio de Inclusión Social y Económico, el Ministerio de Desarrollo Urbano, Ministerio de Agricultura y la cooperación internacional han promovido proyectos de desarrollo que reactiven la economía campesina e indígena en base a la producción agropecuaria, pero sin tomar en cuenta que la realidad existencial y laboral de los indígenas ha cambiado, tal como se indicará más adelante.

Durante el gobierno de Rafael Correa se implementó el “Proyecto 555”, que buscó impulsar el desarrollo de la pequeña y mediana empresa agrícola y artesanal. Esta iniciativa consistió en la concesión de préstamos de cinco mil dólares, al cinco por ciento de interés y con un plazo de cinco años gestionados por BanEcuador. Además, incluyó la construcción de viviendas, la entrega de semillas certificadas, cursos de capacitación y liderazgo (Salgado, 2022). En las comunidades indígenas de Chimborazo se construyeron 41000 viviendas de dos dormitorios, la cocina, la sala y el baño, lo que hizo posible así la desaparición de las chozas de paja de una sola habitación que servía de cocina, dormitorio y bodega. Desde el mundo de la cooperación al desarrollo se han ensayado los proyectos de mejoramiento agropecuario, las cajas comunitarias, la construcción de invernaderos, huertos escolares, cursos de capacitación en emprendimiento y productividad, proyectos de turismo comunitario. Sin embargo, pese a los esfuerzos ya señalados no se ha logrado detener la ola migratoria.

Debido a la migración y, en algunos casos, la formación secundaria en especialidades como electricidad, carpintería, industria y construcción, los jóvenes indígenas experimentaron una transición en su perfil ocupacional. Al concluir sus estudios en colegios e institutos tecnológicos superiores, muchos dejaron de ser agricultores, para convertirse en comerciantes, panaderos, albañiles, mecánicos de reparación de carros e industriales, agentes inmobiliarios y financieros.

En ciudades como Machala, Guayaquil, Quito, Machachi y Riobamba, las mujeres indígenas tienen tiendas en las que ofrecen verduras, frutas y productos de primera necesidad. Los hombres trabajan en la industria de la construcción: son albañiles, pintores, diseñadores de pisos y tumbados. Algunos venden electrodomésticos y accesorios de carros. Los jóvenes que trabajan en el sistema financiero son gerentes, contadores, personal de atención a clientes e inversionistas en las cooperativas de ahorro y crédito Fernando Daquilema, Mushuk Runa, Esencia Indígena, Chibuleo, entidades fundadas y gestionadas por indígenas.

En estos últimos años, aparecen, igualmente los grupos de jóvenes que se asocian en calidad de agentes inmobiliarios, tal como se puede constatar en el siguiente testimonio: “Desde hace cinco años nos hemos organizado un grupo de siete jóvenes. Compramos tierras cercanas a las ciudades y lotizamos. Construimos casas y vendemos, arrendamos departamentos en varias ciudades y volvemos a rentar” (Buñay, comunicación personal, 14 de diciembre de 2025). Este tipo de negocio permite obtener ganancias, ahorrar, adquirir más tierras, educar a los hijos en los establecimientos educativos de la ciudad, generar fuentes de empleo a los jóvenes, muchos de ellos provenientes de las comunidades indígenas. Los jóvenes de Chimborazo, dedicados al negocio inmobiliario poseen inversiones en Quito, Guayaquil y Cuenca. Han llegado a tener contratos de construcción en Esmeraldas, hasta en las Islas Galápagos. Al respecto, uno de los entrevistados, señala, “Con el paso del tiempo nos hemos ido especializando en el negocio y en el trabajo. Construimos casas en Guayaquil, Quito, Cuenca, Puyo y hasta en las Galápagos. Nuestras construcciones son casas al estilo americano y del austro ecuatoriano” (Buñay, comunicación personal, 14 de diciembre de 2025).

Los nuevos trabajos permiten a la juventud indígena generar ingresos económicos inmediatos. Esta realidad contrasta con la actividad agropecuaria, la cual exige una espera de seis a siete meses sin tener garantías de rentabilidad y con el riesgo de pérdidas económicas. Al respecto uno de los entrevistados, señala: “hace siete meses compré cuatro cabezas de ganado para engorde. He vendido los ganados en el mismo precio que adquirí. He invertido mucho dinero en alimentación y medicamentos sin ninguna ganancia” (Illapa, comunicación personal, 20 de diciembre de 2025).

Por su parte los jóvenes dedicados al comercio, la mecánica, la albañilería o a la conducción de vehículos reciben dinero semanalmente. “Es difícil que retornemos a la comunidad. Ya nos acostumbramos a tener dinero, aunque poco, pero a diario. En el campo no se puede tener dinero todos los días” (Atupaña, comunicación personal, 23 de abril de 2025) es la frase que explica la importancia de tener liquidez diaria como factor determinante para vivir y de trabajar en contextos migratorios.

Los jóvenes que no encuentran fácilmente las oportunidades laborales en Ecuador optan por la migración irregular. Esta es facilitada por los denominados “coyotes”, quienes, a cambio de elevadas sumas de dinero que oscilan entre los veinte y treinta mil dólares, prometen un cruce clandestino de fronteras. Esta decisión expone a los migrantes a riesgos graves, tales como la detención, la deportación, la explotación laboral e incluso el tráfico de personas. Pese a los riesgos, quienes toman la decisión de salir del país, se sienten “atraídos” por el éxito de los primeros emigrantes, que en ciertos casos poseen casas de lujo de tipo americano, adquirieron tierras, maquinaria agrícola nueva y carros modernos, pagaron a tiempo las deudas y envían remesas a sus familiares en el Ecuador.

Sin embargo, la ilusión de días mejores gracias a la migración no llega a cumplirse en todos los casos. Pocos adquieren trabajos inmediatos y bien remunerados, la mayoría se dedican al trabajo informal y son mal pagados, asumen tareas que nunca hicieron en el Ecuador. “Tuve que aprender a cocinar, a cuidar a los perros, a realizar tareas de jardinería, a pintar casas y a limpiar coches. En mi país yo era abogado, no sabía de estos oficios” (Shesha, comunicación personal, 24 de agosto de 2025), señala, uno de los jóvenes migrantes que trabaja en el Condado de Queens, New York.

Más allá de las desventajas, la migración externa, constituye un pilar fundamental para la economía nacional. Según el Banco Central del Ecuador, durante el segundo trimestre de 2024, Ecuador recibió un importante flujo de remesas de 1.611,1 millones de dólares. Cantidad que representó un crecimiento del 15,6% con relación al primer trimestre de 2024 que fueron 1.393,7 millones de dólares (Banco Central del Ecuador, 2024). Gracias a las remesas, el Estado contó con más recursos económicos, fortaleció el sistema de la dolarización y las familias de los migrantes mejoraron sus condiciones de vida.

Actualmente, la posibilidad de generar más ingresos económicos y de facilitar la movilidad social de los migrantes indígenas y de sus familiares se ven amenazados por las políticas gubernamentales del presidente Donald Trump. Estas medidas pretenden eliminar la ciudadanía por nacimiento para los hijos de indocumentados y promover las restricciones radicales al ingreso informal. Este endurecimiento de políticas incluye la reactivación de la construcción del polémico muro con México, la declaración de emergencia fronteriza y la movilización de tropas del ejército para frenar la inmigración irregular (Beauregard, 2025). Por temor a las deportaciones los migrantes permanecen encerrados en sus hogares. Más de 32.000 migrantes ecuatorianos tienen boleta de retorno. La primera deportación correspondiente a 2025 se dio el 28 de enero, con la llegada de 202 migrantes esposados al aeropuerto de Guayaquil (Loaiza, 2025).



5 Conclusiones


Si bien es cierto que la migración interna y externa permiten asegurar el acceso al trabajo, la generación de ingresos económicos y, la movilidad social y educativa, y crear nuevas oportunidades laborales en reemplazo de la actividad agropecuaria, las deportaciones desde los Estados Unidos hacen que los migrantes retornen a sus localidades sin ninguna alternativa.

La migración interna también está amenazada por la violencia generada por la delincuencia, el narcotráfico y el crimen organizado que afectan al Ecuador. Las familias indígenas que viven y trabajan en Guayaquil, Machala y Durán están expuestas a diario a robos, extorsiones, vacunas y asesinatos, lo que vuelve incierto el futuro de los jóvenes indígenas. Sin embargo, en medio de las situaciones difíciles, activan sus capacidades de agencialidad, se organizan, establecen vínculos de apoyo mutuo, reactivan las formas de convivencia comunitaria. Algunos jóvenes optan por volver a sus comunidades, ya que, históricamente, la comunidad ha sido un refugio de protección y un espacio seguro en los momentos de crisis.

Durante la debacle económica de 1999, los indígenas que perdieron sus trabajos y ahorros tuvieron que volver a sus casas y sus tierras abandonadas. En 2020, en medio del confinamiento ocasionado por la pandemia del COVID-19, dejaron las ciudades, retornaron nuevamente a las localidades de origen y así lograron salvar sus vidas, porque a diferencia de la ciudad, en el campo no hubo fallecimientos masivos, se pudo evitar la propagación del virus y el contagio, asegurar su alimentación y acceder a la medicina ancestral.

Hoy en día, bajo la amenaza de las bandas delictivas, el crimen organizado en las ciudades y, la deportación forzosa, diversas familias están regresando a sus comunidades. “Ya no soportamos vivir amenazados en Guayaquil y en Durán. A diario se dan los robos y los asesinatos. Yo sé que no tenemos muchas cosas y dinero en la comunidad, pero al menos estamos vivos” (Guamán, comunicación personal, 23 de diciembre de 2025), señala, un comunero de Pulucate, Colta, retornado de Guayaquil. Por otro lado, aun en los espacios migratorios, principalmente en las ciudades ecuatorianas, los indígenas promueven nuevas formas de comunalidad. Así, la comunidad no se limita a las montañas de Guamote, Colta, Guangaje, Tigua, Quizapincha, Tisaleo sino que se traslada al sur de Quito, a Bastión Popular, e incluso a Queens, Chicago y Murcia. Estas nuevas realidades requieren ser analizadas minuciosamente, a través de nuevas agendas de investigación a fin de visibilizar las nuevas formas de organización, la creación de estrategias de resolución de conflictos y los mecanismos de resiliencia que poseen los jóvenes indígenas en medio de un mundo caracterizado por la incertidumbre.





Contribución de autoría

Luis Alberto Tuaza: Conceptualización, Análisis formal, Investigación, Metodología, Escritura – borrador original, Escritura – revisión y edición

Matt MacBurny: Investigación, Metodología, Adquisición de financiación, Administración de proyectos, Escritura – revisión y edición.

Craig Jonhson: Administración de proyectos, Escritura – revisión y edición.

Conflicto de intereses

Los autores declaran que no existen conflictos de intereses.

Agradecimientos

Los autores agradecen el desarrollo de la presente investigación en el marco del proyecto The Aspirations of Ecuadorian Indigenous leaders.



Referencias


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